EDITORIAL DE DOMINGO

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El ocaso de los irreductibles: cuando la política deja de ser un refugio y se convierte en urgencia laboral
​La política, en su concepción más noble, es la herramienta de construcción colectiva y representación ciudadana. Sin embargo, en la arena local a menudo se transforma en una dramática función de supervivencia, donde los protagonistas no debaten proyectos estratégicos a largo plazo, sino que defienden desesperadamente su propia subsistencia institucional. A las puertas de un 2027 que ya empieza a agitar los pasillos del poder, el tablero político chubutense y comodorense muestra la desnudez de dirigentes que miran el horizonte con vértigo, al advertir que el andamiaje que los sostuvo empieza a desmoronarse bajo sus pies.
​En esa cornisa transitan, con maniobras tan estridentes como inconducentes, un diputado provincial y un edil atrapados en el laberinto de sus propios errores de cálculo.
​Por un lado, la figura de Gustavo Fita sintetiza las contradicciones de una conducción que resiste a la intemperie. Con el sello institucional de presidir el Partido Justicialista a nivel provincial y una banca legislativa que aún le otorga voz, Fita padece el desgaste de las internas encarnizadas. Cuentan que, tras cinco meses de silencio absoluto, debió volver a sentarse a la mesa con Juan Pablo Luque —referente indiscutido del peronismo provincial— en un intento de última hora por no quedar completamente fuera del mapa. Lejos de replegarse para facilitar una síntesis organizativa, su reacción ha sido la de redoblar la apuesta: resistir los intentos de desplazamiento en cada acto público y agitar la bandera de una candidatura a la intendencia de Comodoro Rivadavia.
​El problema de esta jugada no es solo la ambición personal, sino la disociación con la realidad política. En un peronismo que necesita reconstruir un proyecto serio y competitivo tanto en el municipio como en la provincia, una postulación de esas características huele más a un ardid de negociación para vender caro su apoyo que a un proyecto con sustento real. Fita apela a la verborragia para ver con quién puede acordar algo que le garantice seguir vigente, temeroso de que la renovación partidaria lo deje definitivamente en el andén.
​En la otra vereda de la errancia política se encuentra el concejal Omar Lattanzio, un claro exponente del nomadismo ideológico. Su currículum político refleja un raid incansable: tras un paso por el radicalismo, para luego subirse a la ola libertaria. Tras romper violentamente con ese espacio, quedó confinado al aislamiento con su propio monobloque («Unión por Comodoro»). Hoy, la soledad le pesa.
​Lattanzio acaricia la idea de presentarse con su sello propio para disputar la Intendencia, pero choca contra una pared reglamentaria y matemática. Al haber ejercido ya dos mandatos consecutivos en el Concejo Deliberante (2019-2023 y 2023-2027), la Carta Orgánica Municipal le impide explícitamente acceder a un tercer período legislativo. Así, la clásica maniobra política de postularse a intendente con la especulación de «piso electoral» para reingresar como concejal le está vetada por ley. Es la intendencia o el abismo.
​Sus intentos por insertarse en otros armados naufragan antes de nacer:
​En el peronismo: La puerta está cerrada bajo llave. Con un Frente Arriba Chubut saturado de compromisos internos para lograr la tan ansiada unidad, no quedan cargos expectantes ni margen político para incluir a un dirigente con semejante historial de saltos de banquillo.
​En el oficialismo provincial (Despierta Chubut): Un eventual acercamiento al gobernador Ignacio «Nacho» Torres quedó pulverizado por la verborragia que el propio Lattanzio desplegó en las últimas sesiones deliberativas. Pretender colarse en ese espacio no solo sería un costo innecesario para el oficialismo, sino una afrenta directa hacia los socios radicales de la alianza, quienes jamás tolerarían semejante incorporación.
​Así, entre un presidente de partido que busca desesperadamente una mesa de negociación para no perder protagonismo y un concejal sin puerto seguro ni posibilidad de reelección, el diagnóstico para el 2027 es contundente. Si no logran inventar una maniobra de prestidigitación política para colarse a última hora en alguna lista, la realidad los golpeará donde más le duele al político profesional: en la pérdida de la caja, el ego y los privilegios del Estado.
​Quizás haya llegado el momento de que entiendan que la función pública no es un empleo vitalicio, y que cuando los puentes se queman por la propia verborragia, el único destino que queda es el regreso a la actividad privada y la búsqueda genuina de un trabajo común.

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