EDITORIAL
Más de cien años. Más de un siglo desde que aquel 13 de diciembre de 1907 la tierra rompió el suelo en Comodoro Rivadavia y brotó el petróleo. Más de cien años aportándole energía a la Argentina, encendiendo las luces de las grandes capitales, alimentando industrias a miles de kilómetros y moviendo el motor de un país entero.
Y la pregunta, la única pregunta estructural que deberíamos hacernos hoy, con la frente en alto y sin agachar la cabeza ante nadie, es: ¿qué nos quedó?
¿Qué nos dejó tanta riqueza extraída de nuestras entrañas? ¿Qué infraestructura duradera, qué legado real tiene el ciudadano común que camina estas calles todos los días?
Miremos la Ruta Nacional 26. La vía que une Comodoro con Sarmiento, la arteria donde en el medio late el yacimiento más productivo del país: Cerro Dragón. ¿Es una autovía moderna? ¿Es una doble trocha segura a la altura de los miles de millones de dólares que han salido de ese suelo? No. Sigue siendo una ruta castigada, deteriorada, peligrosa, donde el vecino común de Comodoro, de Rada Tilly, de Sarmiento, tiene que andar «eligiendo el horario» para salir a manejar, porque en los cambios de turno el camino deja de ser de todos y pasa a ser, en los hechos, una franja privada dominada por el transporte pesado y las colectivas de personal.
Una ruta donde la accidentología es constante, pero cuyas estadísticas y números reales quedan disueltos en el olvido, como si los despistes, las vidas en riesgo y los vuelcos cotidianos fueran simplemente un costo colateral «aceptable» de la producción.
Pero el abandono en la cinta asfáltica es solo la parte visible de lo que se ve sobre la tierra. Porque de lo que pasa debajo de la tierra y en los caminos internos, el ciudadano común sabe muy poco o casi nada.
Hablemos del agua. En una región patagónica empujada históricamente a la emergencia hídrica, con cortes programados, con vecinos haciendo malabares para llenar el tanque de agua en pleno verano, con el Lago Musters crujiendo… ¿de dónde sale, cuánta es y en qué condiciones se utiliza el agua dulce para los procesos de recuperación secundaria y asistida en Cerro Dragón? ¿Dónde están los balances hídricos públicos, auditados de manera transparente e independiente, para que la comunidad sepa exactamente qué impacto tiene la inyección petrolera sobre los acuíferos subterráneos?
Y hablemos de los pasivos ambientales. De los derrames que ocurren en el yacimiento, de las purgas, de las piletas, de los incidentes que casi nunca toman estado público a menos que un trabajador los filtre o una imagen trascienda en redes sociales. Nos acostumbramos a la «autodeclaración» y a la lógica corporativa donde las empresas informan lo que quieren, cuando quieren y como quieren.
Nadie está pidiendo que la industria se detenga. Sabemos lo que representa el petróleo para el empleo, para las pymes, para el movimiento económico de Comodoro Rivadavia y de la provincia. Pero producir no puede ser sinónimo de avasallar. El progreso no puede ser a costa de la seguridad vial de las familias, del agua de las futuras generaciones y del silencio sobre el impacto ambiental.
Después de más de cien años de historia petrolera, es hora de dejar la sumisión de lado y exigir transparencia pública. Números claros sobre el agua. Estadísticas abiertas sobre la accidentología. Mapas reales de remediación ambiental. Y obras de infraestructura que le queden a la comunidad y no solo al yacimiento.
Porque cuando el último pozo reduzca su producción y los camiones se apaguen, la tierra, las rutas, el agua y las familias que vivimos acá… vamos a seguir siendo nosotros.
Llego el momento de hacernos escuchar?